Ya bien enderezado el cuerpo, dejo que mi pelo ruede por mi, que juegue libremente sobre mi espalda sin importancia alguna, ya que se desenrreda con tanta facilidad. Percibo pues los corrientes e incoherentes arranques del frío sacudiéndose entre mis deditos de los pies.
Nuevamente de frente a la ventana, pero debido a los residuos de ritalina y ribotril en mi sangre (sin contar los de las tabletas de tiroxin, primperan, Metoclopramida, entre otras) siento como se me clavan en la piel los primeros embajadores del amanecer cual mil puntillas, maldiciendo a el mono entre dientes con indecifrables ruiditos que vienen de dentro de mi. Y en el momento de saludarme con su cálida bofetada, le niego la luz de mis ojos verde pasto a este célebre vecino que, aunque nunca habla de nadie, no puede ser blanco de la más leve crítica visual pues te condena a la ceguera. De malas. Me importa cinco que cabalgue a cuestas de elipses imaginarias hasta mi ventana a diario, no pienso dejarle conocerme ni una brizna más. La envidia que le tiene a la sombra que me abraza. Le agrede cada vez que puede, sin importarle que el fué quién la trajo a la vida. Lo digo en serio. Esta sombra no podría ser más víctima de aquel famoso círculo vicioso porque no dura más el día. Trata de arrancármela, pero ha sido tejida con un material especial, un hilo mágico que alumbra mi camino que la hace resistente a cualquier abuso; aquel lazo que nos une es de color negro...más negro que la brea, más negro que la noche, más negro que la misma oscuridad. Pero entre más me aferre a ella más duro trata el masacote incandescente de arrebatármela. Un día intentó de nuevo llevársela; para ello, salió un día que nevaba, por no perder tiempo, furioso, sin dejar cubrirme con las raras virtudes de su propia hija. No lo podía creer, y tras aquel aberrado impasse, me le niego a tolerar su intromisión. Tal como su hermana me lo dijo, tiene gran deseo de agradar y miedo a no dejar contenta a la gente. Pero es que él no conoce los límites tras el hostigamiento; huelga decir que yo si. Por ello heme aquí, entre cuatro paredes, en el sonámbulo anhelo de verle de nuevo, meciéndonos una en la otra, arrullados por la misma lloradera hasta caer presos de la delicia de un sueño lúcido, en el que con el más mínimo roce de la tela de su buzo negro me la pueda imaginar tibiecita debajo. Pensándola cada día llegué a pelearme con el sueño, mientras me decía a mi misma: "Mañana me le declaro". Al menos esto me privaba de las ensoñaciones y la premonición constante de una muerte prematura. Al menos mientras dura.
miércoles, 28 de abril de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario